La maté a cucharadas
Esta semana no hay columna en el periódico, así que toca poesía:
La maté a cucharadas
soperas.
Poco después
me suicidé cortándome las venas
en juliana
porque los remordimientos
me estaban comiendo la cabeza.
(de la plaquette
20 maneras de perder una guerra).
Escrito por el_hombre_que a las 00:02
Con sangre entra
(disculpas por el retraso...)
(Tribuna Universitaria, 12feb07)
Había sido un niño enfermo, de esos que salen en las revistas de médicos y por los que hombres con bata blanca y barba y manos blancas conocen el negro de la derrota. Había sido un niño enfermo, qué le pasará a este niño vamos a probar con un medicamento tal o cual, vamos a inyectarle un poco de esto, una vez tras otra, hasta que llegaron la escuela y los cuadernos. Entonces empezaron a salir las letras a borbotones y a hacer posibles el fútbol y los caramelos.
Las letras ocupaban su apartamento desde que sus padres se hartaron de lavarse con a, g, u y a en vez de con agua, y se fueron a vivir a una página en blanco. En la nevera sopa de letras, letras entre las facturas, frente a la ventana neones que les daban sentido como enormes atriles scrabblicos. Hubiera muerto si no se hubiera dedicado a ordenarlas, una detrás de otra, y a convertirlas en la palabra mesa, y en la frase “un insecto díptero de cuerpo negro, alas transparentes, patas largas y boca en forma de trompa está encaramado al punto más alto del aparato de televisión”, que siempre mantenía más letras ocupadas que “hay una mosca sobre la tele”. Su trabajo también ayudaba, ocho horas al día ocupándose del teletexto. Luego crucigramas en el metro y programas grabados de Cifras y Letras, sin la parte de las cifras. Luego historias en los cajones, colgando del tendedero todas ellas, con su cuerpo, su encabezado, sus comas, amores, trenes y etcéteras. Todas esas historias con sus protagonistas, sus secundarios y su ración de lágrimas, que tenía que sacar, al menos una por día, para no quedar emponzoñado.
El día que lo encontraron muerto, su cuerpo flotaba en la bañera en medio de los abecedarios que me había creado, repetidos una y otra vez. La policía pensó que allí había ido a parar toda la sangre, pues encontraron sus venas completamente vacías. Así terminó su propio relato en el mismo libro de historia médica en el que lo había comenzado, y allí quedaría para la eternidad.
Sí, claro que su pérdida me inspiró a la hora de hacer la novela. Porque yo, en cambio, no había sido nada especial en la vida antes de conocerle. Era tan poca cosa que ni siquiera me reflejaban los espejos...
Escrito por el_hombre_que a las 16:21
Días
(Tribuna Universitaria, 5feb07)
Los días que se levantan con una llamada de teléfono están predestinados a ser malos días, porque es imposible que el Apocalipsis se anuncie por teléfono, y el resto de cosas por las que te puedan llamar a esas horas van a importarte un carajo; aún sabiéndolo te levantas, te rascas más de la cuenta y descuelgas para que tu madre te pregunte por tu hermano, a ver si tú sabes qué está haciendo, y callas que seguramente se estará drogando; que dónde está, y te imaginas en qué portal; y por qué no aparece por casa, porque no la encuentra, mamá, hasta que al final, lágrima arriba o abajo, terminas la llamada arrastrándote hacia la cocina y descubriendo que se te olvidó comprar café.
Son esos días en los que vuelves a la habitación y no hay bragas colgando del radiador, hace tiempo que no hay bragas colgando del radiador y lo agradable que sería despertar y ver un par de bragas en el radiador, quizá dos, oye; piensas en si no será tarde para eso y en un plan maestro para remediarlo pero antes de que puedas completarlo suena de nuevo el teléfono y esta vez sólo te recorre un segundo la sensación de que te va a importar una mierda, pero lo coges igual, es tu jefe hablando de cuentas cliente y de trabajar hasta las once, de balances y de todo eso que hace que el frigorífico se mantenga como un ser vivo del apartamento, algo más de lo que hace tu jefe en la vida, más que ladrar por teléfono hasta que en un despiste te deshaces de él para llegar hasta el baño. Todo para dejar una mancha negra sobre el lavabo mientras sujetas un acceso de tos con media botella de martini, y te planteas cuánto tardarás en dejar de toser porque tienes unas ganas enormes de fumarte el siguiente. Y el teléfono sobre la taza del váter y la posibilidad real de que se caiga: el mejor momento de la mañana.
Que luego sigue siendo una más en uno de esos días en los que llueve y hace viento, así que, si sales, te mojas hagas lo que hagas; de esos festivos que no recuerdas que lo son y cuando bajas a la compra de golpeas repetidamente con la cabeza en las rejas del súper; de esos en los que descubres un bulto en la espalda y no dejas de tocártelo y de pensar en la muerte. De esos días en los que uno termina tirando de la cadena y da gracias al cielo de tener una columna semanal donde tender la ropa sucia de vez en cuando.
Escrito por el_hombre_que a las 17:47